La reciente visita a España de Lula da Silva, quien estuvo por aquí dándonos lecciones de democracia, entre otras cosas, junto con la «oportuna» encarcelación del candidato presidencial, el opositor Eduardo Bolsonaro, nos brinda la oportunidad de analizar su país y qué tal gestiona al coloso del sur. Brasil, con casi doscientos quince millones de habitantes y 8,5 millones de kilómetros cuadrados, es la primera economía de la Iberosfera, alcanzando casi el 2,4% del PIB mundial medido en paridad de poder de compra; le siguen México, con 1,8%, España, 1,4% y Argentina, 0,7% y, por ejemplo, Francia, que es nuestro mayor cliente, tiene una economía con un tamaño similar a la brasileña. Por tanto, lo que le ocurra a Brasil es de interés general, especialmente para los miembros de la Iberosfera.
Todos creemos saber cómo es aquello y yo, por ejemplo, siempre que me toca analizarles, suelo pensar en un Concorde aterrizando en Rio de Janeiro, en la arquitectura de Niemeyer, en Petrobras, Embraer, Banco do Brasil, por solo nombrar tres empresas, en que fueron pioneros en el uso del alcohol en el transporte y, por supuesto, en sus artistas, deportistas y en su naturaleza, pero, también en los garimpeiros o en que el ejército entró en la favela de Río y en su reciente «guerra». En todo caso, imágenes personales aparte, el consenso general, de siempre, ha sido que «es la Gran Potencia del futuro«, predicción recurrente desde un pasado ya lejano. ¿Pero, es eso cierto? Hoy intentaremos responder a esa pregunta, tarea en la que se podrían ver muchos indicadores (IDH, CINC, WPI, etc.) para comprobarlo, pero hay uno donde confluyen todas las fuerzas sistémicas, que es el siguiente.
¿El real condenado?
En Europa, gracias al euro, ya no nos acordamos de qué es una crisis cambiaria, gran activo del que un numeroso e influyente grupo de loquitos se quiere salir y al que el Establishment depravado de las naciones que lo forman igual consiguen romper, pero en el caso del Brasil, el real, ya se sabía desde el comienzo que se iría devaluando, pero se esperaba que en algún momento se normalizara como el de un economía desarrollada. El real sustituyó al cruzeiro real (1994) que a su vez sustituyó (1942) al anterior real; al cruceiro lo mató la infame MMT (Modern Monetary Theory), siendo Brasil uno de los 18 casos que he estudiado que demuestran que dicha teoría es falsa y ruinosa, sobre todo para los más pobres pues destruye el capital nacional. Ahora hacen MMT a medias, pero manteniendo su Banco Central unos tipos de intervención del 14,75% (dato marzo 2026)

Evitar lo peor exigió casi una cuarta parte de las reservas internacionales desde 2019, recuperando una parte según el real se devaluaba y los precios de las commodities le ayudaban. Desde que alcanzó la paridad con el dólar el real ha perdido casi un 80% de su valor de una forma bastante fácil de predecir, fracasando en su objetivo de solidez sistémica; un quebranto que seguirá, obviamente. ¿Pero, cómo es posible que un territorio rico, con dimensiones continentales y una población suficiente y capaz de explotarlo adecuadamente, dé ese mal resultado?
Riqueza y territorio.
Lo crítico para llegar a ser una Gran Potencia es lo siguiente: disponer de importantes planicies cultivables templadas con un buen régimen pluviométrico, abundancia de materias primas industriales, ríos navegables de alta capacidad que desemboquen al mar y una población adecuada. Esto es indispensable para que se produzca un proceso de generación y acumulación de capital que se retroalimente; si tienes la Moral adecuada para ello, claro. En Europa la mejor dotación la tienen Alemania, Países Bajos, Reino Unido y Francia (España es, probablemente, el peor caso); en el mundo, el primero, con gran diferencia, pero mucha, es EE.UU. y en las Américas le siguen Canadá, Argentina, Colombia, que podría ser una potencia, Venezuela y Brasil, más o menos en ese orden.
Brasil tiene todo eso pero disperso. De forma muy simplificada sería como sigue: las tierras de la Amazonía, una vez deforestadas, son casi irrecuperables; una parte importante de la población está en la otra punta del continente, en la costa oriental y separada por una meseta de dimensiones continentales. Ya se pueden imaginar lo que es transportar millones de toneladas de mineral o de grano por tierra, en vez de por río cuando la diferencia de costes puede ser de 1:10. El esfuerzo es realmente titánico. China les quiere financiar un ferrocarril al Pacífico por Perú, un endeudamiento (nada es gratis con China) de difícil justificación y ya hay estudios sobre cómo la financiación China agrava las economías que la recibe; lo que no faltan son los políticos del Tercer Mundo disfrutando en Paris y Londres de las mieles del progresismo. Los chinos utilizan un método de «ayuda» que recuerda mucho al ya usado por el Imperio Británico en países como … adivinen …, sí, Brasil, y ellos sabrán si la línea se puede pagar en su largo recorrido y además cruzar los Andes. Pero claro, «como vamos a ser una Gran Potencia, nos lo podemos permitir», trama muy usada por Lula, experto en aquello de «mundus vult decipi, ergo decipiatur«.
Finalmente, las tierras más templadas, que están al sur donde, en su tiempo, Garibaldi, un operativo británico al que luego enviaron a unificar Italia, intentó hacerles un Uruguay, que todas las potencias (USA, URSS/Rusia, China, Reino Unido, Francia, Alemania) tienen sus planes y sus cipayos para los países de la Iberosfera, entre otros, y siempre hay unos tontos (muy útiles) que no quieren creerlo, que tienen grandes apoyos y no tienen un plan para su país. El Concorde ya no vuela a Río, ni existe, pero la coordinación franco-británica late como un solo corazón, especialmente donde nos consideran países de segunda o tercera, gran tema para un libro. Adicionalmente tienen lo que llaman la Amazonía Azul, de enormes riquezas y donde British Petroleum explota un enorme yacimiento petrolífero.
Como curiosidad, recordar que al principio, por el Tratado de Tordesillas, Brasil solo sería una esquinita oriental del continente pero, con su visión geopolítica, que mantienen, se lanzaron a la conquista del oeste buscando el Pacífico. Aquel tratado llevó a los teólogos de corte de la Liga Hanseática a cuestionarse la autoridad del Papa, una chispa que, junto a otros factores, terminó llevándoles a todos al Protestantismo. Desde entonces hay dos grupos y un enorme temor a Las Américas (EE.UU incluido), a quienes se intenta discriminar por distintos medios, destacando la subordinación ideológica (Trump lo sabe), siendo el de Lula da Silva y la «peste» del Progresismo un caso clarísimo, con su Foro de Sao Paulo, germen de la balcanización de Hispanoamérica para que nunca levante cabeza y que mancha a Brasil, pudiendo llegar a recordar lo que le hicieron a Paraguay, un crimen que les perseguirá por siempre, salvo que cambien mucho las cosas. De particular temor es su desarrollo nuclear para uso militar, con un submarino de propulsión nuclear de tecnología francesa, entre otros, capaces de bloquear los países costeros de la Iberosfera, todo lo cual puede llevar a una absurda carrera armamentística en la región.
Financiación y sector exterior.
Lógicamente, toda Gran Potencia ha de tener una fuerza importante en el comercio internacional y los resultados seculares, a pesar de los enormes y dilatados esfuerzos, no son los necesarios para tal fin, como pueden ver en la siguiente gráfica (línea roja, eje derecho). Salvo puntuales excepciones, Brasil siempre ha tenido un déficit en el comercio exterior de bienes y servicios (en torno al 3% del PIB anual), que ha podido ir cubriendo con inversión extranjera y endeudamiento exterior.

Lógicamente, con ese deterioro continuo del balance general de la Economía, del capital neto nacional, con su estructural dependencia de la confianza exterior, no está para grandes acciones geopolíticas y mucho menos para querer destronar al dólar, como alocada y repetidamente declara Lula da Silva, quien debería centrarse en reducir el gigantesco déficit fiscal del 9% del PIB (línea morada, eje derecho en gráfica anterior) y su enorme deuda pública, cercana al 95% del PIB (línea negra, eje izquierdo); pero claro, eso significaría entrar a fondo en su mayor enfermedad: la corrupción, donde califica muy mal a nivel internacional, un tema clave en el que, como en España, nadie del Establishment lo quiere arreglar. Recordemos que España tuvo que ser rescatada por la UE cuando su deuda pública estaba en torno al 70%, con lo que una crisis de confianza sería un desastre para Brasil, como lo fue para España.
Según el Banco Mundial, las exportaciones brasileñas de bienes en 2023 fueron unos 345 mil millones de dólares (España unos 420 mil MM), de los que casi 54 mil MM son por soja, 44 mil MM por petróleo crudo, 34 mil MM por mineral de hierro, 18 mil MM por azúcar y 14 mil MM por maíz. Sus principales clientes son: China con 105 mil MM, la UE con 47 mil MM (España 8 mil MM), EE.UU. con 35 mil MM y Argentina 17 mil MM., de modo que Brasil es muy importante para China cuyas alternativas, para alimentación y petróleo, son EE.UU. y Rusia, países con los que ya tiene una enorme dependencia y zonas graves de conflicto. Brasil no tiene que luchar ninguna batalla por China como hace Lula, o por los BRICS (donde Lula vetó a Venezuela); llevarse lo mejor posible con China sí, pero no más, pues no solo empeora sus ya malas relaciones con EE.UU., sino que, al intentar dañar al dólar, también se enfrenta con los países de la OTAN. Además, dado su enorme endeudamiento y sus déficits estructurales, cualquier acción que suponga pérdida de crecimiento futuro y de confianza exterior, en un horizonte global lleno de riesgos sistémicos, es un error garrafal.
Crisis y Ciclo Generacional.
Su lema nacional es «Ordem e progresso» y, curiosamente, eso es lo que afrontará, como todo Occidente, con la muerte de un orden disfuncional, la socialdemocracia, y de su pensamiento dominante, o zeitgeist, el progresismo. Hablamos de una crisis existencial, mucho peor de la que imaginan quienes deciden nuestro futuro. Algo que ocurre cada más o menos cien años, con el fin de un Ciclo Generacional, y que hemos explicado aquí y en otros medios, en distintas ocasiones para distintos países.
El primer ciclo generacional de Brasil (muy resumidamente) nace tras la crisis generacional y existencial del Imperio Portugués tan pronto terminan las guerras napoleónicas. Tras la Revolución liberal portuguesa de 1821 se intenta re-centralizar en Portugal la gestión de las provincias brasileñas y el Príncipe Pedro, encargado del gobierno de las mismas, ante la convocatoria de cortes constituyentes por los liberales brasileños, termina uniéndose a los independentistas y revelándose, naciendo el Imperio del Brasil el 7 de septiembre (carta del 22 a su padre) de 1822, crisis que se cerró con sendos tratados (con sus clausulas secretas) en que el Imperio Británico, cuyo apoyo fue crucial, reconocía la independencia si, entre otras cosas, se indemnizaba a Portugal y cesaba el comercio de esclavos.
El segundo ciclo generacional, el actual que ya muere, surge tras la crisis de la llamada «República Vieja», que comenzó con alzamientos regionales en 1924, que se agravaron con la Gran Depresión llevando a la Revolución de 1930. El nuevo orden vino con Getulio Vargas, presidente entre 1930-1945 y 1951-1954, que trae la Constitución de 1937 y su «Estado Novo», mismo año en que le visita el presidente Franklin D. Roosevelt (también en 1943, impulsando la industria brasileña del acero) como apoyo a su socialdemocracia con influencias fascistas, acosada por comunistas y militares nacionalistas.
Crisis y nuevo orden.
Síntomas de agotamiento por degeneración extrema del orden, del pensamiento dominante y del Establishment actuales, hay muchos, siendo el más grave el intento de asesinato de Bolsonaro en plena campaña electoral, aunque también el encarcelamiento de Lula por corrupción en Petrobras y posterior puesta en libertad, el de Bolsonaro por golpista y perdón del Parlamento, etc.; pero de lo que nadie duda es que, a pesar de que Brasil ha sido uno de los grandes beneficiarios de la Paz Americana (como los BRICS, la UE, etc.), es incapaz de equilibrar sus cuentas públicas. En Brasil, como en la UE y en EE.UU., los gestores progresistas han creído que la inflación post Covid les pagaría las deudas cuando, como hemos advertido es multitud de ocasiones, eso solo ocurre en unas condiciones muy concretas que ni se dan ni se darán y, de hecho, con el ciclo económico global en plena expansión, ni el vil expolio fiscal al que nos someten consiguen reducir el déficit público a un nivel razonable.
Si pasamos del ámbito global nos encontramos con que el orden progresista a degenerado hasta ponerse en modo Segunda República española: censura, represión, cancelaciones, división y enfrentamiento de la población, fraude electoral y hasta asesinatos, o intentos de asesinato, de opositores derechistas, con políticos encamados con delincuentes (narcos, terroristas, etc.) o enemigos de sus naciones. Ese ha sido el caso de Ecuador, Brasil, EE.UU., Colombia y, en cierta medida, Europa. Todos síntomas de la degradación extrema de un orden (la socialdemocracia), del pensamiento dominante (el progresismo) y de un Establishment disfuncionales, fuera de la realidad e irrecuperables.
No sabemos si la crisis global vendrá por el aleteo de una mariposa en Brasil o por una detonación financiera en Europa, Japón, o EE.UU., cuyas deudas son inmensas, o por estallar la burbuja bursátil. Lo que está claro es que Brasil, como España y el resto de la Iberosfera, debe cambiar su orden socialdemócrata acabando con la partitocracia. Hasta entonces, seguirá el deterioro general y la destrucción nacional y pensar lo contrario es pura fantasía. Si Brasil será una Gran Potencia tras superar eso, dependerá mucho de cómo queden las que sí lo son, pero eso no es lo importante ahora. Ahora lo importante es cambiar el orden, el pensamiento dominante y el Establishment, cosa que ocurrirá por las buenas o por las malas, en España y en Brasil.
© Luis Riestra Delgado, 1/7/2026.
