El interés de España

El interés de España

Nosotros no tenemos aliados eternos, y tampoco tenemos enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y nuestro deber es seguir a dichos intereses. … Y si se me permitiera expresar con una frase el principio por el cual creo que debería guiarse un ministro inglés, yo adoptaría la expresión de Canning, y así digo que en cada ministro británico el interés de Inglaterra debe ser el «shibboleth» de su política.

Henry Temple, 3er vizconde de Palmerston, 1/3/1848.

 

Cuando se debate sobre política exterior suele ocurrir que se repita, como si de una ley inexorable se tratase, normalmente para justificarse, aquello de que «Inglaterra no tiene amigos, solo intereses», cuando la realidad histórica de la política exterior británica demuestra que no siempre ha sido así, sino que en realidad todo es más complejo y que sus éxitos de política exterior, al menos hasta Churchill, descansaron sobre unos fundamentos y un buen hacer realmente excepcionales.

Texto y contexto.

También ocurre que estás salidas de supuesta erudición de personas sin criterio pero con evidentes intereses personales, recuerdan, en su simplismo tramposo, a ciertos políticos cuando citan versículos bíblicos y que atraen a su trampa a votantes ingenuos y sin criterio. En este ambiente perverso de citas amañadas por sujetos sin moral uno no puede dejar de recordar uno de los principios elementales a la hora de interpretar el libro de libros: «texto y contexto».

Con todas esas consideraciones de partida he pensado que hoy podíamos explorar en su contexto la cita de Palmerston, a ver si ese ejercicio nos ayuda a desarrollar criterios sobre la estrategia de política exterior que responda mejor a los intereses de España, o mejor dicho, a los intereses nacionales de España, donde la partitocracia estatal que la parasita detesta el hecho nacional español, ya que es el que ordena los intereses (de bienestar, de defensa, culturales, políticos, económicos, etc.) de España, y por ello no hablan de España sino de su Estado, cuyo Gobierno usurpan con todo tipo trampas.

 

Contexto histórico.

Lord Parlmeston fue un político de origen irlandés, de los llamados canningitas, que prácticamente dominó la política exterior de Gran Bretaña entre 1830 y 1865, ya fuera como ministro de exteriores (1830-34, 1835-41, 1846-51) o como primer ministro (1855-58, 1859-65) y, en 1848, se vio obligado a defenderse de las acusaciones de otro parlamentario, también irlandés, que le acusaba de ser un traidor y un espía de los rusos por su política en la crisis turca, según su práctica de combinar la negociación pacífica y la diplomacia de cañonero en el equilibrio de poderes en Oriente Próximo, todo lo cual llevó a un debate sobre el Tratado de Andrianópolis.

Hemos traducido la cita intentando reflejar la complejidad del pensamiento de Parlmeston, gran promotor, por cierto, de la Unificación de Italia. Llama la atención que entonces, en este enfrentamiento entre irlandeses, ya se usara de forma indistinta los términos «ingles» y «británico» y, por supuesto,  el vocablo «shibboleth», con el que hace un guiño a Cannings, el que fuera su mentor en el Partido Whig – precedente del Partido Liberal – y cuya denominación escocesa con resonancias presbiterianas es casi una declaración de principios. La Wikipedia, Circe para personas sin criterio, «traduce» shibboleth, una palabra de paso de origen bíblico, como «santo y seña» – para diferenciar a propios de extraños -, pero en este contexto sería más adecuado hablar de «la característica distintiva».

Todo el discurso de Palmerston es de gran interés y en él da un extenso repaso a la política exterior británica de China a las Américas, pasando por India, el Mediterráneo, nosotros, otras partes de Europa, África, etc. Luego está el Tratado de Adrianópolis, que garantiza, entre muchas cosas, el libre tránsito de mercancías por los Dardanelos y el Bósforo y la independencia de Grecia, proporcionando este último asunto un aspecto emocional al debate pues, además de la impronta clásica en la cultura de los presentes, muchos de ellos se formaron en su vida adulta con las hazañas de Lord Byron quien, tras enterrar a su hija mayor y a su amigo Shelley, muerto en el naufragio de la goleta  Don Juan ,  vende la suya, la  Bolívar,   para  fletar y embarcarse en el bergantín  Hércules  y hacer la guerra «a la course» como privateer, luchando por los griegos hasta su muerte. Yo diría que lo que estaba en entredicho iba más allá del patriotismo de Palmerston, como honrar las emociones y compromisos nacionales antes que los intereses, en sentido vulgar, triunfando, al final, la razón y la verdad sobre el romanticismo.

 

Moral y liderazgo.

En esta bitácora digital solemos decir que la Economía está determinada por la Política y ésta, a su vez, lo está por la Moral, que a su vez depende de un Credo, más o menos racional. Así, si fuéramos a analizar el actual gobierno, partiríamos del credo globalista, fase mórbida y última del progresismo. En el caso británico de entonces, en un contraste radical con el globalismo, partiríamos del protestantismo autóctono ( anglicanismo, presbiterianismo y evangelicalismo) y de la particular devoción, que entonces tenía su clase dirigente, por el mundo y la cultura clásica, produciéndose tres grupos de líderes, que serían los siguientes:

El primero, cristianos renacidos, devotos que rezaban de rodillas atormentados por la duda de si sus acciones agradaban a Dios, dándose casos como el del primer ministro Gladston, sucesor de Palmerston, el del general Gordon (Pashá), el del explorador David Livingstone o el del empresario textil Thomas Burberry. En este grupo tiene interés también su respuesta a qué justifica un Gobierno si Dios creó al hombre como un ser libre, pero hoy no entraremos en eso.

En un segundo grupo más extenso tendríamos personas, creyentes o no, pero de moral y cultura cristiana y que, como los anteriores, eran gobernantes muy pragmáticos. Tal es el caso de Palmerston, quien en el referido discurso afirmó lo siguiente: «Sostengo que la verdadera política de Inglaterra, aparte de las cuestiones que involucran sus propios intereses particulares, políticos o comerciales, es ser la defensora de la justicia y el derecho; siguiendo ese curso con moderación y prudencia, no convirtiéndose en el Quijote del mundo, … nunca se encontrará completamente sola…», considerando a los estados que la acompañen en esa tarea como «amigos».

 

Tercero en discordia.

Finalmente, está un tercer grupo que merece un aparte, enemigos de los anteriores y amigos de lo ajeno, los delincuentes de la Política que pareciera que odiaban a sus connacionales, capaces de inventarse razones para matar a los suyos y lucrarse, que les falta tiempo para ofrecerse a un Poder exterior y coger su dinero para destruir su nación, que utilizan la religión de los suyos o del extranjero (en España hoy tenemos un bando suní y otro chií), sociópatas que entran en política como los pederastas en la dirección de los boy scouts. Son mucho peores que los «hijos del mundo» de la parábola del administrador sagaz y hoy campan a sus anchas gracias al globalismo. Si alguien piensa que así es la partitocracia española que nos mal gobierna, yo le dirá, sin dudarlo por un instante, que está en lo cierto.

Por supuesto, siempre hay personas sin criterio que confunden unos con otros y promocionan o difaman justo al personaje equivocado. No extraña pues que al tercer grupo le obsesione pervertir la «educación» para imponer su credo y que los ciudadanos carezcan de criterio propio, pudiendo manipularles con sus mentiras, con sus medios de comunicación público-privados  y, arengándoles apropiadamente, conseguir que salten cuales perros de Pávlov y muerdan a los españoles de bien.

Luego estaría el contexto económico, bastante conocido, y, al no podernos extender más hoy, dejaremos para otra ocasión cómo consiguieron que no gobernaran los del tercer grupo, al que seguramente utilizaron en el exterior, como hoy hacen, con bastante habilidad, por cierto, rusos y franceses, una acción que en la Venezuela de hoy confunden con el buen gobierno. Ese día exploraremos cuál sería el «shibboleth», o rasgo distintivo, de un buen gobernante en España, entrando más concretamente en nuestros intereses y en la estadística de cara a la política exterior en el nuevo orden mundial que se está conformando. Hasta entonces.

© Luis Riestra Delgado, 25/2/2020.

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